#AsesinatoenelCongreso, vista por Cristina Monge

El pasado 29 de marzo, en la primera presentación de mi novela Asesinato en el Congreso tuve el honor de que me acompañara, junto a Ángela Labordeta, la politóloga Cristina Monge, habitual contertulia en radio y televisión aragonesas y autora de una tesis que acaba de ser publicada sobre el 15-M. De hecho, esta tarde, en la Feria del Libro de Zaragoza dialogaremos sobre la Segunda Transición desde su ensayo y desde mi ficción. Por eso recupero ahora el texto que recoge su intervención durante la presentación de Asesinato en el Congreso:

Los asesinados somos todos y todas

Cristina Monge

Cristina Monge (Foto de Txabi A. Beroitz)

Os habrán dicho que Asesinato en el Congreso es una novela negra. Permitidme que os de otra visión: para mí, se trata más bien de una novela pornográfica. Y no por los episodios eróticos que contiene -que son muchos y de variada naturaleza-, sino porque desnuda las vergüenzas que han estallado ante nuestros ojos desde aquel mítico mayo de 2011, cuando miles de indignados llenaron las plazas al grito de «No nos representan». Ellos estaban firmando el acta de defunción de un periodo de la historia reciente de España: la Transición que discurre entre mediados y finales de los años 70, un periodo constituyente preocupado por crear una arquitectura democrática en lo institucional, lo jurídico y lo formal. Sin embargo, la democracia es algo mucho más complejo, y probablemente la mejor forma de entenderla sea como un proceso de aprendizaje.

En sus más de 500 páginas, Asesinato en el Congreso narra, en forma de ficción, muchas de las carencias que se encontraban ya en la Constitución española de 1978 y otras que han ido surgiendo después, fruto de ese proceso inconcluso. Hasta qué punto fue así lo muestra la forma en la que la crisis económica y financiera -que puso en jaque a todo Occidente- afectó a España de forma especial, hasta el punto de evidenciar aquellas vergüenzas que 30 años de progresivo bienestar económico y autocomplacencia habían ocultado.

La crisis dejó al descubierto un sistema productivo débil y muy dependiente del ladrillo y de su gran compañero, el mundo financiero. Quizá por eso algunos de los personajes de la novela son ejemplos perfectos de hasta qué punto el polvo -el del ladrillo y otros-, lo ensució todo. «No somos mercancías en manos de banqueros», se oía gritar en las plazas.

También quedó al descubierto la debilidad de unos medios de comunicación altamente dependientes de sus anunciantes que perdieron credibilidad a la misma velocidad que descendían sus ingresos: A más crisis, menos anunciantes, y por lo tanto, más dependencia. Si a esto le sumas el desafío tecnológico, la tormenta perfecta estaba servida. Mientras, los indignados recuperaban el ya clásico «Televisión, manipulación».
Quizá por eso uno de los protagonistas de la novela sea un veterano periodista que ahora intenta explicar -y entender- lo que está pasando, desde uno de esos nuevos medios surgidos de la crisis de los anteriores.

Por si esto fuera poco, buena parte de los políticos – nunca todos, por supuesto- asistían atónitos a una doble encrucijada: por un lado, una crisis económica a la que no sabían cómo hacer frente porque dejaba al descubierto la debilidad del castillo de naipes y carecían de instrumentos propios con la que abordarla; por otro lado, la profunda incomprensión de lo que significaban los abrazos al Congreso, las manifestaciones o las acampadas que llenaban las principales ciudades. Y todo esto mientras les decían «Que no, que no, que no nos representan!». Muchos son los personajes de la novela cuyos diálogos dejan ver estos dilemas.

Y si he de ser honesta, creo que la crisis que acabó con nuestra primera Transición, ha descubierto también la profunda debilidad de una sociedad civil que todavía mantiene actitudes propias del franquismo, que sólo se interesa por lo público y lo común cuando ve peligrar su bienestar, que es capaz de llenar calles y plazas generando un movimiento que se extendería después a EEUU y a otros países europeos…. Y todo esto para volver, unos años después, a comprobar la incapacidad de las izquierdas para formar una alternativa viable y real frente a las políticas neoliberales. Quizá por eso la otra protagonista de la novela sea una joven diputada de provincias que llegó al Congreso de la mano de los movimientos sociales.

En definitiva, mientras los indignados tomaban las plazas y rodeaban el Congreso, nuestro sistema de convivencia surgido de esa primera Transición, iba siendo asesinado, o acababa muriendo de una u otra forma, como muchos de los personajes de esta novela.

Asesinato en el Congreso nos devuelve, como si de una obra de teatro se tratara, una imagen de nosotros mismos que explica por qué esa primera Transición acabó en mayo de 2011, iniciando un nuevo periodo de cambios en el que reaparecen viejos fantasmas, debates no resueltos y heridas pendientes de cerrar. Parece como si Chesús Yuste hubiera adivinado las recientes movilizaciones a favor de la educación concertada en Aragón, o algún juez le hubiera chivado que el humor iba a acabar siendo delito en este país cuando se aludiera al Valle de los Caídos o a Carrero Blanco.

Pero que nadie espere encontrar aquí una novela autocomplaciente para dejarnos con la conciencia tranquila: Como este relato explica, no sólo la gran parte de los políticos no son corruptos, es que además llevan una vida que nadie envidiaría. Como tampoco todos los medios mienten, sino que la realidad es compleja y admite múltiples enfoques. Ni siquiera los movimientos sociales pueden izar la bandera de la coherencia. ¿O acaso hemos sido capaces de comprender la naturaleza de la crisis y ofrecer una alternativa?

Asesinato en el Congreso nos muestra una imagen desnuda, obscena y pornográfica de nuestra sociedad, plasma el fin de una época y el comienzo de otra que está por hacer. Gracias, Chesús, por ayudarnos, con este juego de espejos, a comprendernos mejor.

 

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