Presentando ‘Economía de guerra’. de Ana Pérez Cañamares

Hace unos meses tuve el honor de presentar en Zaragoza el último poemario de Ana Pérez Cañamares, Economía de guerra. Aquí tenéis el texto que utilicé en la presentación. Espero que os entren ganas de salir corriendo, comprar el libro y disfrutarlo a tope estos días. Vale mucho la pena. 

Ana Perez Cañamares Economía de guerra

Presentación de Economía de guerra, de Ana Pérez Cañamares
Por Chesús Yuste

Cuando me acerco a la poesía, me viene a la cabeza aquel consejo que escribió Charles Simic: «Nota a los historiadores del futuro. No lean el New York Times. Lean a los poetas». Ciertamente, los buenos poetas de nuestro tiempo nos ofrecen radiografías más cercanas a la realidad que nos toca vivir que muchos sesudos análisis elaborados de encargo. Por eso, durante mi paso por el Congreso, cuando subía a la tribuna en los grandes debates, siempre iba bien armado con versos afilados como espadas de Antonio Orihuela, Jorge Riechmann, Ángel Guinda, Enrique Falcón, Neorrabioso, Inma Luna o Ana Pérez Cañamares. Nunca olvidaré la comparecencia de Rajoy para hablar (o no hablar) sobre Bárcenas y la cara que puso cuando cité a Ana y le disparé estos versos de su poema Capitalismo: «Un día, no sé cuándo, yo le voy a cobrar / sus cadáveres, las humillaciones / el secuestro de la inocencia / el expolio de los sueños / yo le voy a cobrar…» Por supuesto, un presidente está preparado para rebatir un discurso de oposición de manual, pero no para responder a un poeta cabreado, así que puso su mejor cara de extraterrestre para encajar aquellos versos que no podía o no quería entender, pero que pretendían transmitirle el sentimiento indignado de una sociedad empobrecida, desposeída de derechos, golpeada brutalmente… Como justo castigo por aquel atrevimiento, Ana me ha pedido que le presente su último libro y yo asumo el desafío como un honor inmerecido pero que me enorgullece.

Es un lujo presentar este excelente poemario, Economía de guerra, porque está lleno de Ana Pérez Cañamares en estado puro. Versos combativos y lúcidos para tiempos de crisis pero también tiempos de imprescindible revuelta. Y, como aconseja el buen revolucionario, sin perder la ternura jamás. Eso encontraremos en este libro, pero también otras muchas cosas.

Ana sin complejos asume su yo político como punto de partida, desde el primer poema: Poética y política, toda una declaración de principios: «Escribo sobre mí / porque yo / soy cualquiera». Un poemario en primera persona, pero no por refugiarse en una felicidad íntima ajena al mundo, sino porque el yo de Ana es cualquiera de nosotros. Podríamos decir que la Ana de Economía de guerra no es solo Ana, es Edmundo Dantés, es Guy Fawkes, es Alan Moore escribiendo V de Vendetta. Y es que ese yo individual se vuelve colectivo a lo largo del libro y, por si aún quedara alguna duda, en la página de agradecimientos toma cuerpo en la Asamblea Popular del Paseo de Extremadura y en su inteligencia colectiva. Ese es el yo de Ana Pérez Cañamares, la inteligencia colectiva de un pueblo que comparte sufrimientos y que quiere ser protagonista de su historia.
Ana no tiene ninguna duda: Estamos en guerra. Lo dice y lo repite: «Si hay muertos, esto no es teatro. / Cuando hay muertos, es una guerra.» Lo vemos, si no en los telediarios, al menos en los periódicos digitales: muertos empujados al suicidio por desahucios injustos; o muertos de hambre víctimas de la política de austeridad. Sin duda, nuestra sociedad está en guerra. No sé si de los de arriba contra los de abajo, o es una guerra de clases, pero es un combate cruento. El título del poemario no es una exageración, aunque Ana no sepa exactamente quién combate:
«No tener bandera que odiar / o saber si soy una, dos o el 99%. / Comenzar el recuento de víctimas y víveres / y obtener cada vez un resultado diferente.»

Asistimos a la guerra a través de los ojos de la autora, que es víctima y que es también protagonista:
«Dentro de mí, el silencio / de un pueblo evacuado. / Alrededor, bromas / que han dejado de tener gracia: / los rugidos de la guerra.»

Dice Ana en uno de sus poemas que «hay dolores que no captan los micrófonos». Para eso sirve la buena poesía de nuestro tiempo, para recordarnos algo tan importante como esto. Si nos importa el mundo en el que vivimos, debemos tener en cuenta siempre que hay gente que no sale en los telediarios, que hay situaciones injustas que no captan los micrófonos, pero que no por eso dejan de existir, todo lo contrario. Ana apunta hacia lo invisible para hacerlo visible. Este libro forma parte de ese mundo nuevo, ese complejo puzle que nació el 15-M y que estoy convencido de que va a alumbrar un nuevo ciclo histórico, una nueva forma de ver el mundo, un nuevo lenguaje también, capaz de poner el micrófono al dolor que antes no se escuchaba.

El buen poeta ve lo que nadie ve, escucha lo que no se oye. Como Ana, que nos explica cómo descubrir nuestra sociedad desde la realidad, no desde la propaganda. «No en el boletín del estado, ni en diarios ni plazas mayores. No en las novelas ni en los desfiles. La verdad se ve desde el tren cuando entras en la ciudad por la puerta trasera». ¿A que ahora cuando viajéis en tren y lleguéis a una ciudad os acordaréis de estos versos?

Escuchad este poema, ¿no está hablando de cada uno de nosotros, así tomados de uno en uno, hasta que nos reunimos en las calles y nuestro silencio se convierte en el clamor de la marea verde, de la marea blanca, de la marea naranja, de todas las mareas?
«Milito en el partido de mi intimidad.
Mi manifiesto: las conversaciones de los bares.
En asambleas de dudas y miradas
nos reunimos mis compañeros y yo.
Camaradas, os convoco
al multitudinario congreso de las calles.»

Permitidme que lea este poema que de alguna forma es la columna vertebral del libro, todo un manifiesto, probablemente más que una llamada a la revolución se trata de un grito de reproche contra la excesiva paciencia de una sociedad adormecida:
«Cuando desollasteis al gato negro
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando acusasteis de bruja a la anciana
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando quemasteis aquel bosque
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando la mujer abortó por vuestras patadas
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando colgasteis del árbol al negro
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando arrancasteis la uña del meñique
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando os quedasteis mirando la agonía
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando sonreísteis al recibir el soborno
hubiera bastado para hacer la revolución.
Cuando lanzasteis la bomba número uno
hubiera bastado para hacer la revolución
Ahora el estupor nos impide calcular
cuál sería vuestro merecido
y nuestro resarcimiento.»

En Economía de guerra se entremezclan la poética y la política. Pero que nadie se asuste, no es un mitin ni habla solo de política. «Tan importante la militancia como desertar varias veces en un día.» Por higiene mental hay que desertar de todo lo que nos rodea las veces que sea necesario, sin dejar de ser al mismo tiempo uno/a misma. En este sentido, vamos a encontrar hermosos poemas cotidianos, incluso íntimos, pero impregnados de un lenguaje político. Por ejemplo:
«Mi patria son los bares / y los patios.» (¿Y quién no diría eso?).

Otro ejemplo, aún más lírico:
«Un ejército de mirlos ha tomado mi barrio.
A ellos me entretengo.
Mi libertad estriba
en que me lleven presa.»

Inevitablemente hay muchos animales salpicando los sucesivos poemas. Ana los observa como espectadora, otras veces como mística e incluso a veces ella es el animal mismo. Como los mirlos, o como la ardilla, que es ella misma o que puede ser cada uno de nosotros en algún momento:
«Nos miramos / la ardilla y yo / con la complicidad / de los amenazados / por el mismo enemigo.»

La revolucionaria que escribe versos no olvida a los animales a la hora de analizar el mundo: «Cuando alguien inventó las perreras / la vuelta atrás fue irreversible.»

Pero en este libro también nos vamos a encontrar con una Ana que mira hacia dentro, que se vuelve hacia el pasado pero enlazándolo con delicadeza con el futuro. Describe el dolor que provoca no tener entre nosotros a quienes ya se fueron desde la inteligencia, desde la belleza, desde el recuerdo, sin caer ni una sola vez en la nostalgia y mucho menos en la melancolía. Se queda en la frontera, siguiendo la puerta que abrió en su anterior libro Las sumas y los restos.
«En mi patio está creciendo una hiedra
que le arranqué a la Casa de Campo.
Quizá sobre esa hiedra -o muy cerca-
cayó el tío Manuel bajo las balas.
Ahora mi tío brota en abril
cuando le llevo agua hasta los labios.»

La familia va desfilando por unos versos entrañables, pero nada edulcorados. Eso sí, mezclando lo íntimo y lo público, la felicidad de una persona y la del mundo entero: «Tarea ineludible / para cambiar el mundo: / darle a mi hermana / una buena noticia diaria. / Las niñas que fuimos / merecen su merienda.»
¡Qué bueno! “Las niñas que fuimos merecen su merienda”. Y es verdad, todos necesitamos volver a esos días sin preocupaciones. Porque la brutalidad de este mundo no puede ni debe quitarnos nunca la capacidad de amar. Al contrario, venceremos porque sabremos ser más tiernos que nuestros enemigos. Como diría Bobby Sands, «nuestra venganza será la risa de nuestros niños».

Nos pueden despedir del trabajo, pueden reducir nuestros derechos, nos pueden provocar insomnio, pero que no nos rompan lo que más necesitamos: la capacidad de amar y la capacidad de defender lo que amamos.
Por eso me gusta especialmente este poema:
«Esto era la Crisis: / buscar una sonrisa / no con alegría / sino con desesperación. / Guardarla en el pecho / como un mendrugo de pan.»

Pero quizá el verso más certero, más lúcido, más cruel también, más atroz de todo el poemario es el siguiente: «Somos peces fabricando anzuelos.»
Sí, en este estado donde se ha privatizado la sanidad, se ha jugado a la ruleta rusa con nuestra salud, con la educación, con la cultura, con la justicia; donde se castiga a la víctima y se premia al verdugo y donde, a pesar de ello, los responsables siguen encabezando las encuestas, es un lugar lleno de peces fabricando anzuelos.
Pero puede que los peces se hayan hartada ya de trabajar para los pescadores. Ojalá. De hecho, hay un poema en el que Ana Pérez (no sé por qué me la imagino disfrazada de Edmundo Dantés o con la máscara de Guy Fawkes) prepara su venganza: «Rezo por que los torturados / revivan en las pesadillas / nocturnas de sus torturadores. / Que se les aparezcan en ellas / como monstruos con poderes / más hábiles con garras y colmillos / que ellos lo fueron con la picana.»

Un libro escrito en tiempos de crisis, un manual para ganar una guerra perdida, un poemario que ve la realidad que se oculta tras las cortinas, pero que ve más allá, que ve el cambio imprescindible que viene, porque la gente ya no aguanta más. Y aquí viene lo más sorprendente de este libro: que, en su página 113, adelanta el escrutinio de las próximas elecciones. Los últimos tres versos son clarísimos: reflejan la voluntad del electorado mejor que el CIS. Pero no lo voy a leer, léanlo ustedes: página 113, los últimos 3 versos. ¡Impresionante! Y hasta aquí puedo leer.

Zaragoza, 6/03/2015

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